Somehow the world feels colder now

lunes, 15 de octubre de 2012

Dirección San Pablo


Día normal.  Me sentía un poco mareado por el desayuno, no acostumbro a comer huevo en la mañana pero mi mamá insistió. Mentalmente iba repasando los cálculos de álgebra II para la prueba que debía rendir en el instante que mi reproductor se detuvo debido a la falta de batería. Escupí algunos improperios pues escuchar música es la única manera de concentrarme en el viaje de metro.

Faltaban algunas estaciones para llegar a mi destino cuando sentí un tirón en mi mochila e inmediatamente volteé pensando que se trataba de un asalto. Me equivoqué. Era tan solo una niñita con cachetes regordetes con aire de ternura pero a la vez odiosa que tiraba de mí. No la tomé en cuenta y seguí tratando de concentrarme, pero ella seguía perturbando mi tranquilidad así que decidí preguntarle qué quería. “¿Cómo te llamas?”, “¿eso es todo?” “sí, yo me llamo Carolina, ¿y tú?” “Mario”.

Luego de este diálogo descendí pues ya había llegado a la estación Universidad Católica. Volví hacia atrás y allí dentro con las puertas cerradas antes de avanzar, la niña se despedía de mí con sus brazos abiertos. Ignoré el hecho y volví a retomar mis cálculos hasta el momento en que entré a la facultad. Realicé la primera parte de la prueba con total normalidad hasta llegar a la segunda página, quedé en blanco y lo único que había en mi mente era esa niñita, ¿Carolina? sí, ella. Me había importunado el momento preciso en que iba pensando en este tipo de ejercicios. ¡Qué lástima! En todo el año no había tenido este problema, ¿qué clase de futuro ingeniero soy?

Terminó la jornada y me separé de mis amigos lo más rápido posible para tomar el metro y llegar lo más pronto a casa para estudiar. Subí al tren y cuando cerró las puertas me apoyé en la puerta que separa la cabina del conductor de los pasajeros. Cerré los ojos tratando de pensar en todo lo que tenía que hacer esa semana. Sentí una vocecita chillona a mi lado y pensé que debía ser mi imaginación. Me equivoqué, allí estaba la regordeta mirándome con esos ojos negros rodeados de pestañas que parecían tener diez centímetros de largo. La miré y como no tenía nada más que hacer le presté atención. Charlamos fluidamente hasta que llegamos a Tobalaba y le señalé que hacía combinación y ella dijo que hacía lo mismo.
Me pareció extraño que una niñita de su edad, no lo sé…como de unos 8 años, estuviera sola en el metro. 
Decidí preguntarle qué hacía aquí y me contestó que era hija de uno de los conductores y que su madre había viajado muy lejos desde hace ya años y que desde allí no la veía. No pude evitar enternecerme, me recordó cuando mis padres se divorciaron y que mis hermanas mayores (mellizas) se fueron a vivir con él quedando yo en mi casa con mi madre, mi padrastro y el bebé. Llegamos a la estación Simón Bolivar, donde yo vivo y nos despedimos.

Al día siguiente volví a verla en Tobalaba y comenzamos a charlar y así sentíamos ambos que matábamos los minutos del aburrido y agotador trayecto. Le dije que estudiaba Ingeniería comercial y ella me dijo que quería ser veterinaria, me confesó que ya no iba al colegio pero que no sabía por qué. Su pasatiempo era observar a las personas y hacerles rostros graciosos, pero nadie antes se había acercado a hablarle como yo lo hacía.

Así pasaron todos los días de la semana donde forjamos una extraña especie de amistad, la gente nos miraba extraño, sobre todo a mí pero nunca entendí por qué.  Le pregunté quién era su padre y me dijo “Guillermo Salinas”. Así desde entonces cada vez que nos topábamos (que era siempre) hablábamos de nuestras familias, lo que nos gustaba y desagradaba de ellas. Le tomé mucho cariño a Carolina, pero había algo en ella que me inspiraba tristeza –además del hecho que nunca cambiaba sus ropas y el verla siempre sola entre toda la multitud casi sin oxígeno de la línea 1-.

Ya transcurrido un mes de haberla conocido, decidí ir a casa de mi padre en metro y rechacé que mi padrastro me prestara el auto. En todo el trayecto no la encontré, quizá porque era día domingo y estaba con su padre en casa descansando. Estuve todo el día con mi padre y mis hermanas, hablamos de la universidad, trabajo, historias y anécdotas. Entonces aproveché de contarles de Carolina y ambas me miraron con los hombros encogidos en señal de desinterés mientras mi padre leía el diario al lado de la estufa.

Salí tarde de la casa de mi padre, justo a tiempo para tomar el metro de la noche. Me encontré en la combinación línea 1- línea 4 a un hombre llamado Guillermo Salinas. ¡El padre de Carolina! Fui a saludarle calurosamente y a contarle que era amigo de su hija y que la pequeña era un ángel. A la vez quería reprenderle el hecho que no la mandara a la escuela. Cuando mencioné el nombre de la pequeña el hombre me miró y me dijo que él no tenía ninguna hija. Esto me pareció increíble, le describí a la niña y él la reconoció pero aseguró que él no era su padre. “Esa niña siempre está rondando por acá, creo que es hija de una conserje. Es un mal para los niños andar siempre solos en el metro, pueden caer a las vías, hacer travesuras. En fin, solo la conozco físicamente y me parece una mocosa insoportable además de gorda”.

En todo el camino a casa me vine en silencio, no tenía cargado el reproductor pues ya no acostumbraba a usarlo pues había preferido las conversaciones con Carolina. ¿Por qué me habrá mentido? ¿Quiénes son sus despreocupados padres? No creo que…sería insólito ¿Será producto de mi imaginación?
A la mañana siguiente apenas la vi le exigí que me dijera la verdad y la niña con lágrimas en sus ojos me juró que no mentía. Al ver que la hice llorar la abracé fuerte y le di unos dulces que había comprado para ella hace unos días. Al descender una señora me tomó del brazo y me dijo estas palabras que me dejaron pensando: Esa niña hace años que está aquí, joven. No parece envejecer y siempre ocupa esa misma ropa sin verse sucia. Tenga cuidado pues tiene una mirada extraña. Hasta antes de este consejo improvisado, no había notado la extrema blancura de sus ojos y los párpados tan rosados…aunque sí esas pestañas enormes que parecían arañas en su cara roja. Los peores pensamientos cruzaron mi mente, no quise pensar más en ella así que a la vuelta a mi casa no le dirigí una sola palabra. Le pedí prestado el reproductor a un amigo de la facultad, así no escuchaba su voz. Cuando caminaba hacia la salida me di una media vuelta y la vi con lágrimas en los ojos y agitando sus brazos, llamándome.

Pensé que todo era una locura, producto de mi imaginación así que un día volví a hablarle para retomar la amistad. Me confesó que se sintió muy lastimada el tiempo que la ignoré. Cuando ya nos despedimos en la estación Universidad Católica mire hacia el techo. Allí colgaba un pequeño crucifijo con unas flores de plástico, me pareció extraño. Le pregunté al conserje que estaba a mi lado qué eran aquellas cosas y por qué estaban ahí. Me contesto mirándome con una sonrisa tan oscura como hermosa: Eso está desde que mi hija cayó a las vías por accidente. 3 años ya. Una pequeñita regordeta de 8 años. Ay, Carolina. Una lástima, ¿No?



Stephanie~*