Somehow the world feels colder now

lunes, 28 de noviembre de 2011

Dama




¡Duele! ... y me consume.
¡Nunca antes en mi vida! había sentido de lleno qué es la tentación.
Subir y bajar, ¡así pareciera que es la ley de mi vida!
Tan cerca de devorar pero tan lejos del placer que ¡tan solo una! mordida provoca...(llama, hiere, mata)
Ni un pero de mi vida se compara con los peros que hoy me invaden. Sí ... no, no lo sé, quizá olvidé lo que se sentía ser una simple mengana.
La dulzura es mi amargura, la acidez mi condena. Mañana tal vez será peor o un terrible recuerdo y nada más.
Dama que asesina y deprime. Posee un lindo nombre para esconder su verdad.
¿Por qué debo tener tal resistencia?

Dama, Stephanie .~*Coraline

jueves, 10 de noviembre de 2011

Ante la ley

Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.

-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.

La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:

-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.

El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.

Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:

-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.

Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.

-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.

-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:

-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.


Ante la ley - Franz Kafka

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Perdida en paraíso


He creído todo este tiempo, en algo tan lejano, casi como si fuese humana.
Y también he negado este sentimiento sin esperanza dentro de mí.
Todas las promesas que hice, sólo defraudaron a todos,
a quienes en mi creyeron, pero las rompí...junto a mí.

Ya no poseo nada más, pero todo lo que siento es este cruel deseo...
Lo he ido arruinando todo este tiempo, perdida en el paraíso.

Quisiera que el pasado dejara de existir, pero aún así lo hace
Y también como quisiera sentir que aquí pertenezco,
estoy asustada...como todos.

Ya no poseo nada más... ¡y este cruel deseo no se apiada de mí!
Todo se ha ido de mis manos, mientras me pierdo en el paraíso.

¡Escapar y escapar! ¿así algún día dejaré de sentir éste dolor?
Llevárselo todo, mi sombra...porque no me quiere soltar.

¡Ya no poseo nada más! Y este cruel deseo se apodera de mí
Ya todo se perdió, y aquí sigo...sola y perdida en el paraíso.


Mi interpretación de Lost in Paradise, Evanescence